martes, 3 de junio de 2014

¡Denles ustedes de comer!


¡Denles ustedes de comer!

Esa frase se me ha quedado grabada en lo más profundo de mí ser y cada vez que la leo o escucho surgen en mí fuertes emociones, muchas ideas y cuestionamientos, deseos e impulsos.
Hoy me la volví a topar, en una lectura de un curso en línea. Seguramente la había escuchado varias veces antes, pero recuerdo bastante bien la Eucaristía donde la escuché y me dejó vibrando. Fue hace unos 8 años, había ido solo a la misa esa noche, mi novia andaba en ese momento de viaje. Un diácono que hacía buenas homilías era el celebrante. La frase tuvo tanto impacto que mi esposa y yo elegimos ese Evangelio para nuestra boda, pues simboliza que nuestro matrimonio también tiene que responder en algún momento a esa petición de Jesús, de alguna manera debemos encontrar el modo de ser solidarios con quienes más lo necesitan.
La pregunta que me he venido haciendo desde entonces es ¿cómo? ¿Cómo les doy de comer? ¿Voy a comprar 200 denarios de pan? ¿Qué implica para mí esta oración imperativa?
Me queda muy claro que no puedo dar de comer a todos aquellos que tienen hambre y pocos recursos para adquirir sus alimentos, porque yo tampoco tengo el dinero suficiente para hacerlo. Pero aún si lo tuviera, estoy convencido que no es la solución verdadera a un problema profundo como el hambre y la pobreza.
¿La solución está en la economía? ¿En la administración de los recursos escasos? ¿Es el capitalismo y el libre mercado la respuesta?
De entrada me parece que no. Los "expertos" dirán que estoy equivocado. Pero no se me hacen compatibles aquellas propuestas que promueven el interés propio como único motor de la actividad humana con aquellas que buscan que lo fundamental en la acción del hombre sea la caridad.
En mis diversas aproximaciones al entendimiento de la necesidad humana, a la desigualdad social, al hambre crónica he sentido deseos de compartir lo poco que tengo o más bien lo que "me sobra" en mi cómoda vida. Es una respuesta, sí, lo es. Pero no me deja satisfecho. He colaborado con agrupaciones para aportar en propuestas más estructuradas, aunque realmente sin involucrarme mucho. Una respuesta un poco más eficaz, pero insuficiente aún. A veces cometo el error común de querer solucionar las cosas por decreto, como si una ley que nos obligue a repartir y compartir vaya a cambiar las convicciones personales; pero recuerdo que a la fuerza, ni los zapatos entran. Entonces, ¿qué sigue? ¿Por dónde caminar ahora?
Reconozco que vivo en conflicto constante acerca de esta cuestión. Un proceso inacabado en donde a veces hay más luces que sombras, pero a ratos retrocedo más que avanzo, en el cual estoy más tiempo inactivo que haciendo algo. Pero no me canso, voy con pausas y sin prisas, pero voy que ya es ganancia. Por eso me siento obligado a compartir con otros mis dudas y a encontrar juntos algunas respuestas a estas interrogantes, por eso las escribo aquí, para mantenerlas vivas y desempolvarlas un rato.
Estoy seguro que muchos viven también este conflicto como yo, pues si algo no podemos aceptar es que el hambre de algunos sea eterna ¿O acaso la felicidad no se hizo para todos?