lunes, 26 de mayo de 2014

No te preocupes, no somos ricos.

"No te preocupes, no somos ricos", contesté en tono de broma a mi esposa cuando ella me compartía su preocupación por evitar que nuestros hijos sean insensibles al problema de la pobreza en el mundo,
y en nuestra realidad cercana.

Hablar de pobreza y riqueza es difícil, es un tema con muchas aristas. Pero hoy sólo quiero escribir un poco sobre la empatía para el empobrecido, compartiendo una anécdota que nos sucedió la semana pasada. 
Un amigo nos invitó a hacer una reflexión sobre desigualdad social con un grupo de niños de 5o y 6o de primaria de un renombrado colegio de Mérida. De entrada, todo un reto abordar este tema con niños que pocas necesidades económicas han tenido en su vida. La reflexión seguía a una dinámica donde unos pocos niños cenaban en una mesa con abundante y variada comida, servida "con lujo"; una cantidad mayor de niños se sentaba en una mesa puesta con moderación, con suficiente comida para cada uno; la 3a mesa era para la mayoría de ellos, con apenas 2 refrescos y solo algunas barras de pan francés, apenas suficientes para unos cuantos bocados. 
Digno de ver las actitudes de esos mozalbetes, que asumieron un rol sin haber recibido instrucción alguna. Los VIP, que tenían comida en exceso, que no tocarían siquiera, se negaron consistentemente a compartir un poco de ella a aquellos que se habían sentado en la 3a mesa. Los de la 3a mesa, reclamando justicia a su estómago hambriento, terminaron tomando sin permiso (por no decir robando) comida de la mesa de la abundancia. 
No puedo evitar recordar el video de los niños que sí les toca un sandwich y lo comparten sin poner muchos reparos con el compañero de a lado, que tiene el plato vacío. 
¿Por qué la diferencia en el modo de actuar? ¿En qué momento perdemos la empatía con el que menos tiene? ¿Es nuestra naturaleza ser egoístas o ser empáticos? Yo que soy ingeniero químico no tengo una respuesta de ciencia, que para eso están los biólogos evolucionistas, los antropólogos, los sociólogos, y los psicólogos también. 
Pero la intuición me dice algo anda mal cuando estamos frente a alguien que no puede satisfacer una necesidad tan básica como comer y nos negamos a compartir nuestra abundancia. Algo anda mal y no es sólo cuestión de religión o credos. Algo anda mal y no es casualidad.
Tal vez no logramos que nuestra reflexión cambie la forma de ver el mundo de los niños con los que convivimos la semana pasada. Pero escribo esto, porque no quiero que se me olvide que cuando tenga hijos, les invitaré a mirar el mundo con una mirada más amorosa y fraterna. Rosy y yo tenemos una ventaja, no somos ricos, aunque a veces, tristemente, aspiramos a serlo.